miércoles, 21 de octubre de 2015

Antihéroe




Su cara arroja un hilo de sangre, saliva y mocos, luego se estampa contra el piso. La bota regresa y golpea sus costillas, siente un crujir de huesos. La música torna todo difuso, el doble bombo de batería marca ritmo en cada puñetazo que le tiran.  Se angustia, quiere ponerse en pie, pero la imagen borrosa de un cuerpo envuelto en cuero negro lo embiste haciéndolo caer de lado sobre su brazo izquierdo; el crepitar vuelve a surgir ahora acompañado de un fuerte pinchazo. Se gira y ve los pelos magenta en forma de cresta abalanzarse sobre él; está flaco pero lo siente pesado sobre su pecho astillado, recibe los puños metálicos, uno tras otro. Una manopla, estoperoles y picos magullando su carne. El remolino negro de múltiples extremidades y pelos enmarañados lo cubre.  Al compás de distorsiones y rasgueos de guitarra cada embate parece más brutal. Las voces guturales se mezclan con sus gritos de ¡ya estuvo, ya párenle!            
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Jacobo se revuelca en la cama, hastiado, con el estómago a reventar y jalando aire con trabajo. En cierto momento se incorpora y sienta a la orilla, deja a un lado el tazón con restos de frituras. Ve a su alrededor, las paredes forradas con posters de ídolos metaleros, los anaqueles ocupados hasta la mínima superficie por cómics, discos compactos y figuras de dibujos animados. Un calor insoportable. Le rueda sudor por la panza. Por primera vez siente un malestar por su condición física y mental, por su falta de aspiraciones. Antes no hubiera notado los signos de ser un infeliz. No, él lo tenía todo y ese todo se resume al contenido entre los muros de su cuarto. Pero esta noche ve con leve rencor sus preciadas posesiones, sabe que está cerca su cumpleaños y roza cada vez más los treinta. Se mira en el espejo y agarra sus lonjas, luego finge que son labios y balbucean eres un marrano, esboza una sonrisa nostálgica. La relación que mantiene con sus pasatiempos lo ha llevado casi por todas las emociones conocidas, al menos reflejadas en los personajes plasmados ahí, pero no deja de pensar que le absorben la vida. No,  aquellos son los que me jodieron, piensa, si no fuera por todo lo que me hicieron pasar nunca me hubiera encerrado así. Recuerda las humillaciones  y se hincha de odio, va creciendo su rencor con cada episodio que se cuenta, hasta que el sopor lo vence y se queda dormido. Sueña de nuevo con el hombre de bata negra,  la misma melodía de coro sacro suena con eco y sus gafas centellean con el reflejo de un halo de luz que cae del cielo, no sabe en qué manera lo va a lastimar hoy. Debajo de su bata emergen un par de tentáculos que vienen y lo estrangulan. Despierta agitado.                                                 
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Camino de regreso se pierde en los recuerdos de su niñez, las golpizas, los apodos, el acoso y las miradas burlonas. Piensa en Javo golpeando a sus abusones, luego su ausencia y el mal que le hizo al defenderlo. Cómo poco a poco pasó de ser su héroe, a ser uno de tantos gandayas.  El primer amor platónico que le arrebató. La burla que le hicieron él y el Picos, cuando vieron su bicicleta encaramada en la punta del árbol más alto de la escuela. Que tuvo que caminar de regreso soportando más burlas en el camino. Fue uno de tantos días en los que ideó venganzas más crueles y más dolorosas para todos ellos, justo como ahora, esta noche que también vuelve con el corazón herido.          
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Son las ocho pe eme y Jacobo sigue inquieto por la noche anterior, no pudo dormir bien y hoy pasó toda la mañana y toda la tarde haciendo tiros con su arco mientras escucha música en su guarida, cosa común los fines de semana. Pone Metallica a todo volumen, wiskey in the jar retumba por toda la casa hasta que su hermano Javo abre de golpe la puerta, le informa que trae visita, que apague su mierda de farsantes y se retira, no sin antes hacerle burla:  Légolas, el increíble elfo con tetas. Jacobo se sulfura y sube el sonido hasta el último decibel de su estéreo. Pasan cinco minutos y vuelven a tocar a su puerta, el llamado ahora es más amable, escucha su nombre en voz femenina, la reconoce, salta y cruza sobre la cama con un intento de maroma, cae al otro lado al tiempo que forcejea para ponerse la camiseta, se recoge el pelo largo y desalineado con los dedos, se da un escaneo superficial de pies a cabeza, analiza su aliento haciendo hueco con sus manos y aventando ahí el vaho. Todo bien, todo mal, qué más da, piensa y abre la puerta. Ahí está Malina, malicia de sonrisa, labios terciopelo carmín; ojos enormes entre gata y gacela, pelo largo lacio, negro negro de tinte, cuerpo ceñido en mallas y blusa del mismo tono, las curvas de pecho y caderas bien angulosas, una villana gótica a punto de seducir al protagonista, o sea él, Jacobo, el anti héroe, el rechazado forajido solitario que viaja en motocicleta. El tipo rudo que toma besos a la fuerza, el que aparece en el sucio callejón y putea a dos de los cuatro cabrones que la atacan, los otros, por supuesto, ya los puteo ella, una mujer con chingos de ovarios. Baja a convivir, teto, lo interrumpe en su fantasía, es a la única persona que le perdona llamarlo como le venga en gana, nada que salga de su boca podría hacerlo enojar, cualquier cosa que le ordene, él la haría sin pensarlo. Además es la única que siente, en cierto modo, lo trata bien y lo considera. Sus apodos, su guasa, nunca son en mala leche, es parte de su personalidad sarcástica, cosa que a Jacobo vuelve loco.           
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Entra a una calle por la que no suele transitar para tomarla de atajo, de vez en cuando da tragos a la botella de vodka. Ve la hora en su celular: diez de la noche. Al pasar por una vieja iglesia escucha el mismo coro de sus sueños, se dirige ahí sin pensarlo. Asomado por la ventana ve al hombre de la sotana, la misma cara, esa que creyó desconocida, esa que su subconsciente reprimió por tantos años y ahora se nota nítida. Ganas de vomitar.                   
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En la improvisada fiesta de su hermano ve al Picos. Me caga ese wey, le dice a Malina en voz baja, me caga tanto que un día le voy a clavar una flecha en el ojo, eso no se lo dice, sólo lo piensa. Ella, con la mirada lo anima a quedarse, y le hace caso, pues no se va. Pero cuando ve la cara burlona del Picos, la sonrisa contenida de su hermano que abraza a su novia jeta fruncida, la güera fresita que se hizo heavy nada más para gustarle, es cuando siente más rabia, sabe que ya están mofándose de él. Malina le dice que los ignore, que sólo trate de pasarla chévere y cómo es costumbre, se rinde a sus palabras.   Todo va bien hasta que su hermano le exige vaya a traer más cigarros y una botella, sabe que le pide cosas para sobajarlo, arruinarle el momento, que sepan que es el hermano menor, el pendejo. Pero en un destello de templanza no reacciona con enojo, en cambio accede tranquilo y le pide prestada su motocicleta cómo estímulo para ir, Javo responde con una exagerada carcajada, tás pendejo. Vuelve a hervir su coraje pero Malina interviene, vamos, yo te llevo, y Jacobo sonríe embobado. Su hermano les grita al ir saliendo que le apuren, de ahí se van a una tocada y como adentro el pisto es caro quieren llegar ya bien servidos.                    
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Desde la acera frente a su casa ve a Malina trepar a la moto con Picos, tomarlo por la cintura y desaparecer con fuertes rugidos de motor. Entra a la casa y su hermano lo recibe con chascarrillos, él lo sabe, ella ya les contó todo el suceso. No piensa, se vuelve todo acción, sube a su cuarto, se cruza su arco en el torso y agarra las flechas, va a la cocina, toma dos bidones vacíos, ve las llaves de la moto de su hermano sobre la barra y las toma. Sale de nuevo y se sube a la moto, Javo lo mira divertido sin dejar de reír por lo del beso. Espera que Jacobo baje de su moto pero no lo hace, se lo exige limpiándose las lágrimas de risa, pero éste en cambio enciende el motor ante su vista incrédula y lo deja atrás haciendo rabietas y puteándolo en voz alta.                      
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Atraviesa la puerta de la iglesia, ataviado con sus armas y cara de pocos amigos como en sus fantasías. Con pasos decididos, el rechinido de sus botas por el pasillo entre las bancas, la mirada fija en el sacerdote parado frente al altar, dan las campanadas anunciando las once de la noche. Los bidones mecen el líquido y salpican el piso. El clérigo lo mira extrañado acercarse a él. Jacobo con las palabras en la punta de la lengua, con sabor a redención. A dos pasos el tartamudeo aparece, inoportuno, el padre lo mira más confundido. Jacobo sólo atina a decir balbuceos, un te odio, me jodiste que sale a duras penas y enseguida lanza tembloroso un rocío de gasolina sobre la sotana. Surgen los gritos de madre mía, dios mío, de un par de viejas. Se da un forcejeo entre él y el viejo sacerdote que lo tira al piso y le quita con facilidad el encendedor y el bidón de gasolina. Se levanta e intenta luchar con él, pero el par de viejas se le cuelgan del cuello, le llueven arañazos y jalones de pelo. El sacristán se suma al ataque con una escoba, Jacobo intenta zafarse y le rompen la camisa, queda libre y corre buscando la salida. Sube a la moto y apenas avanza unos metros pierde el control y se estrella contra un poste. Él aterriza sobre el pavimento con la espalda desnuda y le queda en carne viva. A lo lejos se escucha que alguien sugiere llamar a la policía, Jacobo toma el arco y las flechas y huye.
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Camino al expendio, Malina y Jacobo bromean, es un momento mágico para él, de puro ensueño. En cierto momento ella le dice que no se deje intimidar por nadie, que tenga más actitud, eso, en cierta manera lo pone melancólico, escucharle eso tumba su fantasía de ser un tipo rudo, intrépido ante el peligro y lo pone más en la posición de víctima en el callejón, pero luego la mira, suspira por su imagen, la gran urgencia de besarla, de confesarle su amor secreto. En el estacionamiento, Malina sugiere fumar un cigarro y tomar de lo que acaban de comprar, para que él llegue un poco más desinhibido a la fiesta, todavía falta mucho para la tocada y apenas son las nueve. Tras varios cigarros y tragos de vodka, Jacobo comienza a sentir un calor  de ánimos en el cuerpo. Se carga su autoestima, surge la actitud de antihéroe, Malina, su sensual villana lo observa, le sonríe, no me digas que ya se te subió, qué poco aguante, mejor… y no acaba de completar su frase, sus labios se ven obligados a cerrarse al contacto brusco y un poco torpe de la boca de Jacobo. El beso robado se da. Un empujón y él cae de nalgas al suelo; qué mierda te pasa, pendejo, somos primos. Jacobo intenta explicarse pero sólo emite tartamudeos, quiere confesarse pero se le traba la lengua. Con mucho esfuerzo alcanza a decirle que la quiere y que él pensó que. Pero ella no lo deja continuar, se para y él intenta tomarla del brazo, se zafa, de nuevo alza las manos para asirla e insiste un te quiero, creí que tú, como te portas tan bien conmigo y eres la única qué... Ella responde, ya molesta por la obstinación, es pura lastima cabrón, me da tristeza como desperdicias tu vida, nada más, no te confundas, además, no mames, somos primos.  Él baja la mirada, quiere llorar pero se contiene, ella se da cuenta que lo hirió e intenta remediarlo, ya es muy tarde, esas palabras lo deshicieron. Vámonos, él niega con la cabeza; vámonos por favor, insiste, vuelve a negar; vámonos, eleva la voz; vete tú a la mierda, puta, responde él; vete tú también, gordo chillón. Malina sube al auto y se va. Lo deja. Jacobo da un puñetazo al poste junto a él y se descarapela los nudillos.
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El alcohol es anestésico, la espalda despellejada es un leve ardor comparado con su deseo de venganza, lo mantiene de pie a pesar de que ya es de madrugada, y se tambalea por el alcohol en la sangre. Alguien tiene que pagársela y sabe bien dónde encontrarlos. Apenas llega a la tocada, un punk de pelos magenta en cresta se burla de su panza desnuda y el arco que lleva en sus manos. Otros melenudos lo secundan. La ira le llega al punto de la explosión. Una flecha a nombre del punk burlesco sale disparada pero éste la esquiva y se entierra en el bracito flaco de una chica yonkie a sus espaldas.
De ahí en adelante todo se torna oscuro.                      

Tendido en su cama, hinchado del rostro, enyesado casi de todo el cuerpo, mira las paredes cubiertas de posters, los anaqueles llenos de figuras, comics y discos compactos. Afuera en la sala se escucha a Javo y a sus amigos contar eufóricos la anécdota de cómo llegaron a putear justo a tiempo a una bola de rudos punks cabrones, antes de que mataran a golpes a Jacobo. 
          












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