Y
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an Yan pide un
descanso, lo hace con la mirada. Esa mirada
que su padre reconoce y no tolera. A su ruego sin voz, responde golpeándole las
piernas con una vara de bambú. Yan Yan se tambalea pero amaciza y recupera el
equilibrio. Siente que la sangre le saldrá por la nariz. Finalmente, después de
quince minutos más suspendida boca abajo, su padre le dice que puede descansar.
Yan Yan desciende en un movimiento fluido, lento al bajar sus piernas, luego se
inclina haciendo una reverencia y va a sentarse, todo en secuencia armoniosa,
signo de una gran disciplina. Su hermana mayor, Jun, de 12 años de edad, aún
conserva la pose. El padre camina con las manos detrás de la espalda, oscilando
la vara con ritmo de metrónomo, la rodea sin quitarle la vista, cuando ésta
titubea, le da un varazo en las nalgas y eso la hace endurecer su postura. Jun sabe que si baja antes de tiempo, los
golpes serán más fuertes y no cesarán hasta que vuelva a incorporarse. Completa los 45 minutos y se pone de pie. Al
momento de inclinarse se escucha un suave llamado invitando a la mesa. El
padre hace una seña a las dos niñas para que se retiren.
— ¿Wan, tú no vienes a cenar con
nosotras?— pregunta su esposa, Siu, asomándose
a través del telón. Wan niega con la cabeza y se retira.
Avanza
pensativo sobre el escenario, luego junto a las gradas, hasta que sale de la
carpa. Son tan profunda sus pensamientos
que presta poca atención a su entorno, ni siquiera el martillar intermitente de
los tramoyistas lo saca de su meditar. Sabe muy bien que si no ofrece algo
novedoso, habrá arruinado su gastado espectáculo, ese que ya
nadie quiere ver. A eso sumarle la deshonra a sus ancestros, que con sudor y
sacrificio dieron renombre al Magnífico Circo de Nanjing. Algunos de
los más viejos, habiendo actuado para emperadores de últimas dinastías.
Wan trata de escapar del vapor sofocante de sus compromisos, los que se han visto empeorados con deudas que lo siguen de ciudad en ciudad en un país ajeno al
suyo.
Se
detiene al ser consciente del tramo recorrido, el bosque está frente a él,
silencioso, lleno de sombras danzantes. Un temor eléctrico le recorre el
cuerpo. Al dar la vuelta para regresar encuentra el camino obstruido por dos hombres
vestidos de traje, máscaras negras de brillo metálico, colmillos enroscados, cuernos
apenas sobresalientes sobre una frente arrugada, cejas arqueadas en señal de
malicia y huecos oscuros donde unos ojos miran desafiantes. Calma y tensión, viento perceptible. Sus posturas despreocupadas no
dejan advertir que reposan sutilmente la mano sobre la empuñadura de sus sables. Wan
da un paso atrás y los enmascarados uno adelante. Gira impulsivamente con
intensión de escapar. Entonces un frío punzante le atraviesa el brazo izquierdo, el roce magnético entre dos minerales: acero y hueso. Un
suave desprendimiento. El golpear seco de la carne contra el suelo de tierra y
un aire percibido donde nunca. El cirquero perdió una mano a la altura de la
muñeca. Cae hincado e intenta hacer torniquete con la faja de su cintura, la sangre
forma un lodo rojizo alrededor de sus rodillas, uno de los enmascarados toma la
mano amputada y la echa en una caja de madera, el segundo de ellos le informa
al cirquero el aplazamiento de la deuda a su jefe. Y si no cumples, vendremos por la otra. Y luego por las de tu mujer y las
de tus hijas.
Apenas
se retiran sus cobradores, arranca tambaleante de regreso, sujetando con fuerza
el muñón donde estuvo su mano izquierda. El trayecto ahora le parece eterno. Cuando se acerca a la zona de carpas su rostro está tan pálido que imita su habitual
maquillaje escénico. Grita con dificultad cuando sabe que ya le quedan pocas energías, a lo lejos la figura de Siu envuelta en un camisón blanco, se desliza como un
espectro. Lo ha estado esperando despierta. La mujer se dirige hacia
él, nota algo extraño y corre a su encuentro.
Wan
despierta tendido en la cama. Trata de imaginar todo como un delirio, abre y
cierra los dedos de ambas manos sin voltear a verlas; se tranquiliza. Pero
cuando ve el rostro de su esposa que lo mira con ojos saliendo de la angustia y
entrando al alivio por verlo vivo y consciente, sabe que todo fue cierto y la sensación de su mano sólo una ilusión de extremidad fantasma. Wan sabe que perdió
más que una mano.
Con
el honor herido e incapaz de mirar de frente a su familia, cuenta la razón de
su suerte, la vergüenza de sus deudas y el alto costo que pueden tener. La
respuesta de ellas viene llena de nobleza, no están dispuestas a dejarlo solo.
Van a salir adelante.
Wan
pasa los días ideando el nuevo atractivo para un espectáculo exitoso, el número
estelar del que se hable en cada rincón y sea esperado con ansias por niños y adultos,
el número que catapulte su circo y lo expulse del hoyo en el que se encuentra. Pero nada surge, hay algo que
obstruye el ingenio que alguna vez tuvo.
Cuando comienza a resignarse a su destino Wan ve llegar a sus dos hijas eufóricas. Detrás de ellas viene Siu y le da la noticia: Ha venido un joven tibetano con su hijo,
ambos poseen talentos nunca antes vistos y ni siquiera sus talentos combinados
se acercan a la maravilla que los acompaña como agregado especial, una bestia
de blanco pelaje, franjas negras como grietas en la nieve y enormes dimensiones:
un tigre de Bengala perfectamente domado. Ellos son nómadas inmigrantes que
ofrecen su función como medio para subsistir, pero a causa de su pobre medio de
transporte y los constantes peligros a los que se enfrentan a diario –como lo
son cazadores y pandillas al servicio de mafias– temen por su vida vagando en
la inestabilidad y a merced de esos malvivientes. Wan escucha cada palabra con estoicismo. Va y pide a padre e hijo demostrar sus habilidades.
El
tibetano hace una señal a su hijo; se colocan en posición y
encienden unas antorchas. El tigre comienza a caminar en círculos observando
las llamas al centro. El padre toma un cuenco metálico y lo frota con una
baqueta de madera pulida, emite una tenue melodía, apenas una vibración. Luego un golpe al cuenco que suena a campanada da la señal al tigre
de correr para tomar vuelo. Un segundo golpe es la señal de abalanzarse hacia
ellos. Justo antes de saltar sobre sus cabezas, el padre bebe del cuenco un alcohol
y lo escupe a la flama de la antorcha. El felino queda
atrapado por la llamarada. Al caer es una bola de fuego. Avanza
a toda velocidad y salta de nuevo, ahora a través de una manta sostenida por el joven que lo envuelve y lo hace surgir del otro lado limpio de cualquier señal de hubiera estado en llamas. Ni siquiera se ve el humo como
prueba la inmolación del tigre.
Wan está asombrado. Trata de ocultar su emoción. Les dice que no puede darles trabajo, pues ni siquiera cuenta
con los recursos para alimentar a su familia, mucho menos a una bestia de esas dimensiones. Siu lo mira confundida pues sabe que necesitan de un espectáculo como ese. El tibetano con voz calma le responde que no
se preocupe, en la primera semana podrían ir a cazar al bosque,
ya después, cuando el interés en su espectáculo comience a dar frutos, Wan podrá
pagarles lo que les corresponda. Wan acepta la oferta como si les hiciera un favor, cuando en realidad era él quien rogaba
por un milagro.
Llega
el día en que se va a mostrar el espectáculo, hay un poco más de gente que la
acostumbrada, debido en gran parte al previo anuncio del nuevo acto. Wan gastó
lo poco que tenía en imprimir volantes y anunciar a pulmón por todas las calles
de la ciudad el nuevo y exótico evento protagonizado por la bestia y sus
domadores. Terminado el evento, la gente abandona las instalaciones con gran
entusiasmo, expresando todos los adjetivos de grandeza que Wan deseaba tanto
escuchar.
Pasada
la primera semana, el tibetano exige su pago, pero Wan temiendo la proximidad
en la expiración de su plazo y a pesar de ya contar con buenas ganancias, le
pide esperar una semana más, sabe que aún no completa la cantidad de su deuda. El
tibetano le expresa que cada vez le es más difícil conseguir alimento para el
tigre, por lo que acuerdan esperar sólo dos funciones más, Wan acepta sabiendo
que una función más sería suficiente para cumplir.
Después
de la primera función de plazo, Wan ve con satisfacción la cantidad reunida a
un día de la fecha de vencimiento de su deuda. Coloca el dinero en una bolsa y
sale con rumbo a la guarida de su prestamista. En el camino, dos hombres
vestidos con el clásico atuendo de criado real, le entregan un mensaje, un
conocido soberano pretende asistir a su próximo espectáculo, requiriendo la
implementación de un palco para su familia, para ello ofrece un cuantioso pago,
además, la posibilidad de contratación futura por una función privada y la
petición del tigre como modelo para incluirlo en una pintura. Wan acepta dando
muestras del honor que representaría dicha presencia en su circo y se despide
de los hombres. Con entusiasmo duplicado continúa su trayecto a la guarida,
imaginando los frutos porvenires de su circo.
La
entrada al lugar es resguardada por un par de hombres vestidos de traje, el
humo de sus cigarros y la penumbra de la cornisa impide verles claramente el
rostro. Wan llega y anuncia el motivo de su presencia. Los hombres le abren la
puerta y entra. En el salón iluminado por luces tenues de rojos matices se ve la
disposición de las mesas de juego, rodeadas por grupos de hombres en gran
variedad de ánimos, flanqueados por bellas mujeres que emiten expresiones de
complicidad forzada, todo el ambiente a ojos de Wan parece atrayente, ahora más
que nunca debido a su sobriedad de juego. La voz seductora surge con más fuerza
cuando una mujer de finas facciones le ofrece espacio en una mesa, previo inicio de una partida. Trata de resistir la
ansiedad, pero la voz resurge recordándole su nueva suerte, el par de días restantes
de su deuda y el éxito seguro con la
función al soberano. Con las cartas a su favor podría pagar su deuda e irse a
casa con la suma de las ganancias del circo intactas. Cede a la tentación y
después de una y otra partida de manos sin suerte irremediablemente pierde todo
su dinero.
Wan
vuelve a casa con la consternación visible en el rostro, pero en un acto de
orgullo recobra la ecuanimidad y entra cómo si nada hubiera pasado. Siu le
cuestiona la hora, pero Wan desvía el tema con la noticia del Soberano,
volviendo a su mujer los ánimos optimistas. De su vuelta al vicio y la pérdida
de sus ahorros no menciona nada. Esa noche los nervios y el terror por lo que
pueda pasarle le impide dormir tranquilo.
Llega
el día de la función estelar prevista para la familia del Soberano, para
quiénes ya se ha montado un amplio palco con asientos cómodos. Y en el que
vence el plazo de su deuda. Wan es un manojo de nervios que pretende apaciguar,
el sudor corre por su cuello y constantemente tiene que retocarse el maquillaje.
Llega la hora, sale y anuncia, uno a uno los números de cada acto. Y entre cada
uno de ellos se pregunta — abandonando progresivamente su serenidad— por qué no
llega el tibetano con su hijo y el tigre. Pero para su suerte ya en el último número,
del cual sus hijas son protagonistas, ve llegar al hijo del tibetano. Sale a su
encuentro y recibe de sus labios la noticia como baldazo de agua fría. Padre y
bestia fueron asesinados por cazadores cuando buscaban alimento en las
montañas, el primero tratando de evitar que dieran muerte a la bestia y ésta,
luchando por su propia vida. Wan contra todo su orgullo y temiendo conservar un
poco de dignidad tuvo sale y anuncia la ausencia de su número estelar, cuando
lo hizo, pudo ver los rostros indignados de la familia real y con ese gesto el
desvanecimiento de sus sueños. Entre el público, como si fueran fantasmas de su
conciencia, cree ver también a los hombres con máscaras de demonio.
Un
año después el circo de Wan sigue en pie contra toda predicción. Él no puede
creer que del dolor y la barbarie habría de dar renombre sobre renombre al
Circo de sus ancestros, librándose de toda deuda y carencia financiera. Las
hermanas Yan Yan y Jun, se convirtieron en las celebridades que él estaba
esperando. Con orgullo las ve elevarse por los cielos en vuelos mortales desde los
pasamanos, equilibrar sobre sillas temblorosas y hacer suertes en dupla una
sobre otra, apoyándose e impulsándose únicamente con sus piernas, pues son las
únicas extremidades que les queda para usar. Al espectáculo que comenzó a
atraer por cientos a su circo y que sorprende a chicos y grandes le llamó las hermanas pájaro que vuelan sin alas.
Se prometió nunca más deberle a la mafia.