martes, 27 de octubre de 2015

La nada es el comienzo...



Las llamas cubren el convertible, adentro se queman las pertenencias de M, las observa enroscarse como gusanos sobre las brasas. Su cabello encanecido revolotea con el viento, tira el saco y la corbata sobre el fuego. La columna de humo asciende y se pierde en el cielo gris. Al fondo se desparrama el desierto y al frente el mar. Los dos horizontes de nada. Hasta donde abarca la vista, todo es llanura, todo es desolación. En la orilla  se encuentra su pequeña carpa, entre esa vastedad de azul y dorado.  

Llega la noche, en la fogata pende  la hoya de café entre dos leños, el aroma le mece los recuerdos.  Atiza con billetes y fotografías viejas. Con las fotos va reviviendo momentos que luego calcina en la hoguera. Las olas azotan con calma, el tintineo de los grillos, el crepitar de las brasas. Finaliza el día convirtiendo todo en cenizas.

Durante la noche deja abierta la casa de campaña, desde donde está recostado se asoma la luna rodeada de nubes,  el agua refleja la luz como si emergiera desde las profundidades. Se pone de pie y sale a caminar. La camioneta todavía está humeante, el desierto azul y lleno de sombras. En su pensamiento aún arden dos o tres episodios de su vida, pero ya sin resentimiento, ya no duelen. A lo lejos dos figuras surcan por la orilla de la playa; la luna los define nítidos. Es una coyota con su cría, caminan sin prisa y sin advertir peligro, hasta que se pierden de vista.   

La madrugada arroja sus primeros destellos de luz opaca, las estrellas comienzan a perder su brillo y el viento golpea su refugio de nylon. Mientras M infla su balsa surge el amanecer pintando las nubes de magenta. En una bolsa de plástico echa el termo de café y su libreta de notas. Arrisca las mangas de su camisa y dobla sus pantalones. Se adentra en el agua arrastrando la balsa. Los zapatos y la carpa los abandona a la orilla como testigos de su despedida.

Va metiéndose con el sube y baja de las olas, remando hasta mar adentro. La orilla desaparece, el sonido del viento y el chapoteo de la balsa en el agua es lo único que se escucha. Alrededor todo es neblina. Contempla por largo rato ese limbo blanco que lo abstrae de sus pensamientos, como si el vacío inundara cada imagen desagradable hasta hacerla desaparecer. 

El sonido de un motor que se acerca lo saca de su trance. Aparece un bote abriéndose paso entre la niebla. Lleva dos siluetas a bordo, vienen justo hacia él. Es un anciano robusto y calvo, viste de spandex y lleva a un niño envuelto con impermeable y chaleco salvavidas.  Es evidente que el pequeño tiene Síndrome de Down. Eleva el rostro al cielo y sonríe con el viento en su cara, lo festeja con las manos alzadas, se alegra aún más cuando ve a M, como si éste le fuera conocido.

El anciano apaga el motor, tiende la mano a M y se presenta. El muchacho se entrevera entre sus brazos y extiende también su mano regordeta. Soy Pablito, soy Pablito, repite varias veces y se palmea el pecho. M responde el saludo, el anciano lo mira con curiosidad, luego echa un vistazo a su balsa. Tenga cuidado, más adentro el mar se vuelve impredecible. M asiente con la cabeza. Bueno, nosotros iremos un poco más hacia la orilla, a ver si tenemos suerte, muestra una caña de pescar.  Atraparé un pez grande para mi abuela, interrumpe el niño. El anciano lo mira, luego sonríe, a él le encanta este lugar, dice y luego se despide. Enciende el bote y da marcha hasta que son un punto casi indefinible. Pablito no deja de extender la mano en un adiós que ondea de lado a lado. 

M se aleja un poco más sin perder de vista la pequeña silueta del bote. Aún se escucha la voz chillona de Pablito que ríe, grita y festeja a cada momento. M siente que la piel se le encoge, un vacío que cuela el aire helado a sus pulmones y ganas de llorar, por primera vez en mucho tiempo hay una urgencia incesante por abrazar a alguien, por asirse de algo. 

El cielo se despeja y un azul claro e intenso lo cubre y acaricia con su calor. De nuevo suena a lo lejos la risa de Pablito, luego un chapoteo. M aguza la mirada y hace sombra sobre sus ojos con la mano, ve la calva del anciano emerger del agua, luego estirar el cuerpo y trepar de nuevo al bote, mientras el niño ríe a carcajadas. M vuelve a remar hacia adelante hasta quedar rodeado nada más por nubes.

De nuevo en soledad trata de escribir una nota en su cuaderno, pero las palabras se niegan a salir. Será mejor mañana, hoy no voy a poder, se convence después de varios minutos de sentir que flota en la nada. 

Comienza el retorno de forma lenta, dudando. El bote del abuelo continúa varado donde mismo, la figura de Pablito se ve abordo, pero el anciano no está por ningún lado. A medida que se acerca lo comprueba, sólo está el niño que sostiene la caña de pescar entre sus manos. ¿Dónde está tu abuelo? pregunta M. Pablito punta hacia el fondo del océano y no deja de sonreír. Me va a traer un tesoro. M trata de recordar si cuando saludó al viejo éste llevaba consigo equipo de buceo. Imagina que así debió ser por el traje que vestía. Ata su balsa al bote y espera a que salga. Mientras, él y Pablito se miran uno al otro. Sonríen. 

Pasan los minutos, el sol pega de frente, es un día templado y apacible. Un río de gaviotas surca el cielo y el niño apunta emocionado y aplaude.

Media hora y el anciano no emerge, M comienza a inquietarse. La calma en el niño le indica que podría ser cosa normal. Pero al mismo tiempo le perturba que no pregunte por su abuelo, piensa que si fuera él y tuviera su edad ya estaría aterrorizado. La incertidumbre termina por ganarle. Pablito, espérame aquí ¿sí? dice y desciende de la balsa. Se zambulle.

Sale una y otra vez a tomar aire. 

Al séptimo intento ya está fatigado y abandona la búsqueda.

 No puede encontrarlo. El mar se lo tragó, es la frase que retumba en su cabeza. El niño es ajeno a lo que pasa. Ya toma un refresco de la hielera, ya se pone frente al timón y hace trompetillas como si nada raro estuviera ocurriendo. M sube al bote. El niño lo mira divertido y presume un pequeño crustáceo de carnada. Su cara está muy enrojecida por el sol y el viento le bate el cabello. Se sienta al lado de M y lo mira curioso con la boca abierta. M espera una pregunta, que lo cuestione por el paradero de su abuelo, pero Pablito no pregunta nada, sólo sonríe con una inocencia que le trepana el pecho. 

Más de una hora, ya no hay nada que esperar. Se pregunta cómo hará para volver a la orilla sin que el niño crea que abandonan a su abuelo. 

Dos horas pasan y el atardecer pinta el cielo como una explosión estática. En el horizonte brota un chorro de agua. Una ballena jorobada saca todo su cuerpo al viento en un salto majestuoso, el estruendo al caer eriza la piel de M y Pablito da brincos de emoción.



miércoles, 21 de octubre de 2015

Este es el fin


Te vi el terror en los ojos. Te movías de un lado a otro por la habitación, frotabas tus manos y brazos con angustia. En cierto momento creí que podías verme espiando. Pero no era posible ¿o sí? A esa distancia apenas te distinguía con mis binoculares. Muy seguido te asomabas a tu ventana y mirabas hacia mí; la niña ámbar de tus ojos en dirección exacta a donde me encontraba. Maldecía en voz alta para que dejaras de mirarme; es que en ese instante yo no quería cambiar mis planes. Si nadie me interesó antes, cuando el futuro todavía me pesaba, no sé por qué me vino esta empatía por ti, por una desconocida.

Me dio gusto enterarme. En serio, la noticia del fin del mundo me sentó bien. Era un lunes a las siete de la mañana y tenía los ojos ardorosos, hasta sentía pulsar las minúsculas venas rojas. El aura de la migraña me daba la sensación de tener la cabeza sumergida en agua. La noche anterior no pude dormir y si dormí algo no sirvió de mucho, porque estaba molido y cansado. El calor era insoportable, como nunca. Ni permanecer en ropa interior y con los ventiladores encendidos todo el tiempo hacían diferencia en la temperatura. Había escuchado sobre mucha mortandad en países asiáticos por la inusual ola de calor. En esa ocasión deseé que todo el mundo ardiera de una puta vez. Y fíjate, mi deseo resultó premonitorio.

Comenzar la rutina de trabajo después de pasar el fin de semana encerrado, con un dolor estalla cráneo, créeme no era algo que me entusiasmara. Yo creo que muy pocas cosas ya me animaban, poquísimas.

Deseaba mandar a la mierda mi trabajo. Llegar a la oficina, plantarme frente al jefe y decirle que era un viejo pendejo y rancio. Que todos odiaban sus chistes imbéciles sacados de programas basura, misóginos, simplones, pero reían por compromiso o por lamehuevos

Le encantaba decir mentiras sobre mí, ahí delante de todos. Decía que yo, sólo por ser solitario,  de aspecto frágil y ser muy pulcro para vestir, ya era maricón. La verdad, sus juicios me importaban nada. Pero era tan insistente con esos detalles, que muchas veces me dio la impresión de que a él le atraían los hombres burdos,  peludos de todo el cuerpo, robustos y cochinos en su higiene, eso interpretaba yo con su desprecio a mi apariencia. Estoy seguro que ahora mismo está llorando de miedo, abrazado a su esposa, la gorda maltratada y cornuda. Que ambos imploran a dios por la vida de sus engendros. A veces él me recordaba a mi padre, pero esa es otra historia.

Sin embargo el trabajo en sí no era malo, siempre me gustaron los números, además ocupaba pagar renta, comer y darme uno que otro gusto, que eran pocos, comprar libros, ir al cine o rentar una mesa el molliere. A ti te hubiera gustado ese lugar, tenía vista al parque central. Esas cosas me dieron un poco de tranquilidad por mucho tiempo, así ignoraba todo lo jodido. De cualquier forma, mi única aspiración era decidir cuándo iba a quitarme la vida. Un disparo en la sien, justo donde la migraña tiene su epicentro. La trepanación más efectiva. Aunque me faltaba conseguir un arma. Quién lo diría, ahora aquí hay una con un par de balas dentro del cilindro y la idea ya no me interesa. Lo que viene es más efectivo.
 Sabes, dijeron que la gran hecatombe iba a suceder y estaba a casi nada de acabar con todo, que era inevitable. Podías ver que era muy cierto nada más por el rostro pálido y desencajado de cada reportero. Me llamaron la atención sus últimas indicaciones. Se limitaban a decir: no salgan, estén con sus seres queridos, oren y pidan por un milagro. Sabes, yo ni tengo seres queridos ni creo en los milagros.

Fui  a mirar por la ventana de mi departamento. Un cielo cubierto de neblina brillante, enceguecedor, columnas de humo a lo lejos, olor a combustible, llantas o plásticos chamuscados. La luz aumentó de intensidad cuando ya debía haber penumbras del atardecer. Afuera el caos dio comienzo. Ruido de sirenas, tumultos, gritos y cláxones. Mis deseos por ver el mundo derrumbarse se volvieron incomodidad con sólo contemplar ese escenario. La gente se arremolinó afuera de los negocios. Entraron a la fuerza y cargaron con lo que sus brazos podían abarcar. Allá por la avenida principal filas interminables de autos y gente a pie iban todos hacia una misma dirección. A lo mejor querían alejarse del monstruo de concreto y edificios hasta llegar a campo abierto. Era absurdo. De qué les servían ya todas esas provisiones y cómo huir de lo inevitable.  Luego te descubrí tras  la ventana del edificio vecino.

Nada importaba, podía pasar cualquier cosa, lo que fuera y ya nada tenía importancia. Entonces ¿por qué vine hasta aquí después de descubrirte?  Aún no lo sé, había algo en tu forma de mirar. Te vi desconcertada ¿sabes? Sola, desolada. No sé cómo adivine tus intenciones. De pronto estaba poniendo a prueba mi resistencia en la calle. Veme, no soy del tipo el más fuerte sobrevive. Aún así salí con los rayos de luz quemándome la piel. Ve, ni siquiera el grosor de las mantas que me eché encima me protegieron. 

Cuando escuché la noticia sí lo festejé en silencio. Y ahora no sé por qué siento esta melancolía. Afuera vi a un perro retorcerse del dolor, girar en círculos y después caer a mis pies, sus ojos no sólo me miraron, más bien me acusaron, cómo si me dieran a entender que nunca hice nada por alguien, ni siquiera por mí mismo. Y que sabía que no lo ayudaría a él tampoco, que esa siempre ha sido mi naturaleza, dejar que las cosas nada más se mueran tras mi paso indiferente. Entonces me apresuré, corrí hasta aquí, hacia ti. 
 
Antes de salir, dudé mucho, ya me había hecho a la idea de morir solo, contemplando por mi ventana la gran ola de fuego, verla arrasar muros, torres de lujo, autos deportivos, el edificio donde trabajo y finalmente mi aburrida existencia. Iba a ser algo glorioso. Pero tú me hiciste dudar entre salir a buscarte o quedarme allá. No te voy a mentir, tuve miedo y éste aumentó al escuchar los lamentos en puertas vecinas, los disparos secos. El gemido final de las vidas negadas a presenciar la caída. Luego el silencio absoluto.  Si hubiera salido antes del apagón habría bajado por el elevador  y no por las escaleras. Calcular en qué habitación estabas fue fácil, lo difícil fue derribar tu puerta. De haberlo previsto salgo de inmediato, sin pensármela tanto.

¿Por qué no esperaste un poquito más? Estaba a unos metros de tu departamento cuando escuché el disparo. Mira, me disloqué el hombro a causa de los empujones. Es curioso que eligieras el pecho. Como te dije, en mi caso yo habría escogido la sien porque ahí es donde comienza mi dolor. Por lo menos alcancé a contemplar un instante tu existencia, descifrar en tus ojos el significado de todo esto, saber qué es la sincronía con alguien más. Espero no te moleste que te haya estado abrazando, el acariciar tu rostro mientras te platico y que esté todavía más cerca de ti, es que, el fin se está acercando, ya lo escucho y lo siento venir. El halo de su aliento empaña los vidrios. Si me sintieras temblar sabrías que me muero del miedo. No imagino cómo sería si estuviera solo.



Antihéroe




Su cara arroja un hilo de sangre, saliva y mocos, luego se estampa contra el piso. La bota regresa y golpea sus costillas, siente un crujir de huesos. La música torna todo difuso, el doble bombo de batería marca ritmo en cada puñetazo que le tiran.  Se angustia, quiere ponerse en pie, pero la imagen borrosa de un cuerpo envuelto en cuero negro lo embiste haciéndolo caer de lado sobre su brazo izquierdo; el crepitar vuelve a surgir ahora acompañado de un fuerte pinchazo. Se gira y ve los pelos magenta en forma de cresta abalanzarse sobre él; está flaco pero lo siente pesado sobre su pecho astillado, recibe los puños metálicos, uno tras otro. Una manopla, estoperoles y picos magullando su carne. El remolino negro de múltiples extremidades y pelos enmarañados lo cubre.  Al compás de distorsiones y rasgueos de guitarra cada embate parece más brutal. Las voces guturales se mezclan con sus gritos de ¡ya estuvo, ya párenle!            
*
Jacobo se revuelca en la cama, hastiado, con el estómago a reventar y jalando aire con trabajo. En cierto momento se incorpora y sienta a la orilla, deja a un lado el tazón con restos de frituras. Ve a su alrededor, las paredes forradas con posters de ídolos metaleros, los anaqueles ocupados hasta la mínima superficie por cómics, discos compactos y figuras de dibujos animados. Un calor insoportable. Le rueda sudor por la panza. Por primera vez siente un malestar por su condición física y mental, por su falta de aspiraciones. Antes no hubiera notado los signos de ser un infeliz. No, él lo tenía todo y ese todo se resume al contenido entre los muros de su cuarto. Pero esta noche ve con leve rencor sus preciadas posesiones, sabe que está cerca su cumpleaños y roza cada vez más los treinta. Se mira en el espejo y agarra sus lonjas, luego finge que son labios y balbucean eres un marrano, esboza una sonrisa nostálgica. La relación que mantiene con sus pasatiempos lo ha llevado casi por todas las emociones conocidas, al menos reflejadas en los personajes plasmados ahí, pero no deja de pensar que le absorben la vida. No,  aquellos son los que me jodieron, piensa, si no fuera por todo lo que me hicieron pasar nunca me hubiera encerrado así. Recuerda las humillaciones  y se hincha de odio, va creciendo su rencor con cada episodio que se cuenta, hasta que el sopor lo vence y se queda dormido. Sueña de nuevo con el hombre de bata negra,  la misma melodía de coro sacro suena con eco y sus gafas centellean con el reflejo de un halo de luz que cae del cielo, no sabe en qué manera lo va a lastimar hoy. Debajo de su bata emergen un par de tentáculos que vienen y lo estrangulan. Despierta agitado.                                                 
*
Camino de regreso se pierde en los recuerdos de su niñez, las golpizas, los apodos, el acoso y las miradas burlonas. Piensa en Javo golpeando a sus abusones, luego su ausencia y el mal que le hizo al defenderlo. Cómo poco a poco pasó de ser su héroe, a ser uno de tantos gandayas.  El primer amor platónico que le arrebató. La burla que le hicieron él y el Picos, cuando vieron su bicicleta encaramada en la punta del árbol más alto de la escuela. Que tuvo que caminar de regreso soportando más burlas en el camino. Fue uno de tantos días en los que ideó venganzas más crueles y más dolorosas para todos ellos, justo como ahora, esta noche que también vuelve con el corazón herido.          
*
Son las ocho pe eme y Jacobo sigue inquieto por la noche anterior, no pudo dormir bien y hoy pasó toda la mañana y toda la tarde haciendo tiros con su arco mientras escucha música en su guarida, cosa común los fines de semana. Pone Metallica a todo volumen, wiskey in the jar retumba por toda la casa hasta que su hermano Javo abre de golpe la puerta, le informa que trae visita, que apague su mierda de farsantes y se retira, no sin antes hacerle burla:  Légolas, el increíble elfo con tetas. Jacobo se sulfura y sube el sonido hasta el último decibel de su estéreo. Pasan cinco minutos y vuelven a tocar a su puerta, el llamado ahora es más amable, escucha su nombre en voz femenina, la reconoce, salta y cruza sobre la cama con un intento de maroma, cae al otro lado al tiempo que forcejea para ponerse la camiseta, se recoge el pelo largo y desalineado con los dedos, se da un escaneo superficial de pies a cabeza, analiza su aliento haciendo hueco con sus manos y aventando ahí el vaho. Todo bien, todo mal, qué más da, piensa y abre la puerta. Ahí está Malina, malicia de sonrisa, labios terciopelo carmín; ojos enormes entre gata y gacela, pelo largo lacio, negro negro de tinte, cuerpo ceñido en mallas y blusa del mismo tono, las curvas de pecho y caderas bien angulosas, una villana gótica a punto de seducir al protagonista, o sea él, Jacobo, el anti héroe, el rechazado forajido solitario que viaja en motocicleta. El tipo rudo que toma besos a la fuerza, el que aparece en el sucio callejón y putea a dos de los cuatro cabrones que la atacan, los otros, por supuesto, ya los puteo ella, una mujer con chingos de ovarios. Baja a convivir, teto, lo interrumpe en su fantasía, es a la única persona que le perdona llamarlo como le venga en gana, nada que salga de su boca podría hacerlo enojar, cualquier cosa que le ordene, él la haría sin pensarlo. Además es la única que siente, en cierto modo, lo trata bien y lo considera. Sus apodos, su guasa, nunca son en mala leche, es parte de su personalidad sarcástica, cosa que a Jacobo vuelve loco.           
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Entra a una calle por la que no suele transitar para tomarla de atajo, de vez en cuando da tragos a la botella de vodka. Ve la hora en su celular: diez de la noche. Al pasar por una vieja iglesia escucha el mismo coro de sus sueños, se dirige ahí sin pensarlo. Asomado por la ventana ve al hombre de la sotana, la misma cara, esa que creyó desconocida, esa que su subconsciente reprimió por tantos años y ahora se nota nítida. Ganas de vomitar.                   
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En la improvisada fiesta de su hermano ve al Picos. Me caga ese wey, le dice a Malina en voz baja, me caga tanto que un día le voy a clavar una flecha en el ojo, eso no se lo dice, sólo lo piensa. Ella, con la mirada lo anima a quedarse, y le hace caso, pues no se va. Pero cuando ve la cara burlona del Picos, la sonrisa contenida de su hermano que abraza a su novia jeta fruncida, la güera fresita que se hizo heavy nada más para gustarle, es cuando siente más rabia, sabe que ya están mofándose de él. Malina le dice que los ignore, que sólo trate de pasarla chévere y cómo es costumbre, se rinde a sus palabras.   Todo va bien hasta que su hermano le exige vaya a traer más cigarros y una botella, sabe que le pide cosas para sobajarlo, arruinarle el momento, que sepan que es el hermano menor, el pendejo. Pero en un destello de templanza no reacciona con enojo, en cambio accede tranquilo y le pide prestada su motocicleta cómo estímulo para ir, Javo responde con una exagerada carcajada, tás pendejo. Vuelve a hervir su coraje pero Malina interviene, vamos, yo te llevo, y Jacobo sonríe embobado. Su hermano les grita al ir saliendo que le apuren, de ahí se van a una tocada y como adentro el pisto es caro quieren llegar ya bien servidos.                    
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Desde la acera frente a su casa ve a Malina trepar a la moto con Picos, tomarlo por la cintura y desaparecer con fuertes rugidos de motor. Entra a la casa y su hermano lo recibe con chascarrillos, él lo sabe, ella ya les contó todo el suceso. No piensa, se vuelve todo acción, sube a su cuarto, se cruza su arco en el torso y agarra las flechas, va a la cocina, toma dos bidones vacíos, ve las llaves de la moto de su hermano sobre la barra y las toma. Sale de nuevo y se sube a la moto, Javo lo mira divertido sin dejar de reír por lo del beso. Espera que Jacobo baje de su moto pero no lo hace, se lo exige limpiándose las lágrimas de risa, pero éste en cambio enciende el motor ante su vista incrédula y lo deja atrás haciendo rabietas y puteándolo en voz alta.                      
*
Atraviesa la puerta de la iglesia, ataviado con sus armas y cara de pocos amigos como en sus fantasías. Con pasos decididos, el rechinido de sus botas por el pasillo entre las bancas, la mirada fija en el sacerdote parado frente al altar, dan las campanadas anunciando las once de la noche. Los bidones mecen el líquido y salpican el piso. El clérigo lo mira extrañado acercarse a él. Jacobo con las palabras en la punta de la lengua, con sabor a redención. A dos pasos el tartamudeo aparece, inoportuno, el padre lo mira más confundido. Jacobo sólo atina a decir balbuceos, un te odio, me jodiste que sale a duras penas y enseguida lanza tembloroso un rocío de gasolina sobre la sotana. Surgen los gritos de madre mía, dios mío, de un par de viejas. Se da un forcejeo entre él y el viejo sacerdote que lo tira al piso y le quita con facilidad el encendedor y el bidón de gasolina. Se levanta e intenta luchar con él, pero el par de viejas se le cuelgan del cuello, le llueven arañazos y jalones de pelo. El sacristán se suma al ataque con una escoba, Jacobo intenta zafarse y le rompen la camisa, queda libre y corre buscando la salida. Sube a la moto y apenas avanza unos metros pierde el control y se estrella contra un poste. Él aterriza sobre el pavimento con la espalda desnuda y le queda en carne viva. A lo lejos se escucha que alguien sugiere llamar a la policía, Jacobo toma el arco y las flechas y huye.
*
Camino al expendio, Malina y Jacobo bromean, es un momento mágico para él, de puro ensueño. En cierto momento ella le dice que no se deje intimidar por nadie, que tenga más actitud, eso, en cierta manera lo pone melancólico, escucharle eso tumba su fantasía de ser un tipo rudo, intrépido ante el peligro y lo pone más en la posición de víctima en el callejón, pero luego la mira, suspira por su imagen, la gran urgencia de besarla, de confesarle su amor secreto. En el estacionamiento, Malina sugiere fumar un cigarro y tomar de lo que acaban de comprar, para que él llegue un poco más desinhibido a la fiesta, todavía falta mucho para la tocada y apenas son las nueve. Tras varios cigarros y tragos de vodka, Jacobo comienza a sentir un calor  de ánimos en el cuerpo. Se carga su autoestima, surge la actitud de antihéroe, Malina, su sensual villana lo observa, le sonríe, no me digas que ya se te subió, qué poco aguante, mejor… y no acaba de completar su frase, sus labios se ven obligados a cerrarse al contacto brusco y un poco torpe de la boca de Jacobo. El beso robado se da. Un empujón y él cae de nalgas al suelo; qué mierda te pasa, pendejo, somos primos. Jacobo intenta explicarse pero sólo emite tartamudeos, quiere confesarse pero se le traba la lengua. Con mucho esfuerzo alcanza a decirle que la quiere y que él pensó que. Pero ella no lo deja continuar, se para y él intenta tomarla del brazo, se zafa, de nuevo alza las manos para asirla e insiste un te quiero, creí que tú, como te portas tan bien conmigo y eres la única qué... Ella responde, ya molesta por la obstinación, es pura lastima cabrón, me da tristeza como desperdicias tu vida, nada más, no te confundas, además, no mames, somos primos.  Él baja la mirada, quiere llorar pero se contiene, ella se da cuenta que lo hirió e intenta remediarlo, ya es muy tarde, esas palabras lo deshicieron. Vámonos, él niega con la cabeza; vámonos por favor, insiste, vuelve a negar; vámonos, eleva la voz; vete tú a la mierda, puta, responde él; vete tú también, gordo chillón. Malina sube al auto y se va. Lo deja. Jacobo da un puñetazo al poste junto a él y se descarapela los nudillos.
*
El alcohol es anestésico, la espalda despellejada es un leve ardor comparado con su deseo de venganza, lo mantiene de pie a pesar de que ya es de madrugada, y se tambalea por el alcohol en la sangre. Alguien tiene que pagársela y sabe bien dónde encontrarlos. Apenas llega a la tocada, un punk de pelos magenta en cresta se burla de su panza desnuda y el arco que lleva en sus manos. Otros melenudos lo secundan. La ira le llega al punto de la explosión. Una flecha a nombre del punk burlesco sale disparada pero éste la esquiva y se entierra en el bracito flaco de una chica yonkie a sus espaldas.
De ahí en adelante todo se torna oscuro.                      

Tendido en su cama, hinchado del rostro, enyesado casi de todo el cuerpo, mira las paredes cubiertas de posters, los anaqueles llenos de figuras, comics y discos compactos. Afuera en la sala se escucha a Javo y a sus amigos contar eufóricos la anécdota de cómo llegaron a putear justo a tiempo a una bola de rudos punks cabrones, antes de que mataran a golpes a Jacobo.