Te vi el terror en los
ojos. Te movías de un lado a otro por la habitación, frotabas tus manos y
brazos con angustia. En cierto momento creí que podías verme espiando. Pero no
era posible ¿o sí? A esa distancia apenas te distinguía con mis binoculares.
Muy seguido te asomabas a tu ventana y mirabas hacia mí; la niña ámbar de tus ojos
en dirección exacta a donde me encontraba. Maldecía en voz alta para que dejaras de mirarme; es que en ese
instante yo no quería cambiar mis planes.
Si nadie me interesó antes, cuando el futuro todavía me pesaba,
no sé por qué me vino esta empatía por ti, por una desconocida.
Me
dio gusto enterarme. En serio, la noticia del fin del mundo me sentó bien.
Era un lunes a las siete de la mañana y tenía los ojos ardorosos, hasta sentía pulsar las minúsculas venas rojas. El aura de la migraña me daba la sensación de tener la cabeza
sumergida en agua. La noche anterior no pude dormir y si dormí algo no sirvió
de mucho, porque estaba molido y cansado. El calor era insoportable, como
nunca. Ni permanecer en ropa interior y con los ventiladores encendidos todo el tiempo hacían diferencia en la
temperatura. Había escuchado sobre mucha mortandad en países asiáticos por la inusual ola de calor. En esa
ocasión deseé que todo el mundo ardiera de una puta vez. Y fíjate, mi deseo resultó
premonitorio.
Comenzar
la rutina de trabajo después de pasar el fin de semana encerrado, con un dolor
estalla cráneo, créeme no era algo que me entusiasmara. Yo creo que muy pocas
cosas ya me animaban, poquísimas.
Deseaba
mandar a la mierda mi trabajo. Llegar a la oficina, plantarme frente al jefe y decirle que era un viejo pendejo y rancio. Que todos odiaban sus chistes imbéciles sacados de programas basura, misóginos, simplones, pero reían por compromiso o
por lamehuevos.
Le encantaba decir mentiras sobre mí, ahí delante de todos. Decía que yo, sólo por ser solitario, de aspecto frágil y ser muy pulcro para vestir, ya era maricón. La verdad, sus juicios me importaban nada. Pero era tan insistente con esos detalles, que muchas veces me dio la impresión de que a él le atraían los hombres burdos, peludos de todo el cuerpo, robustos y cochinos en su higiene, eso interpretaba yo con su desprecio a mi apariencia. Estoy seguro que ahora mismo está llorando de miedo, abrazado a su esposa, la gorda maltratada y cornuda. Que ambos imploran a dios por la vida de sus engendros. A veces él me recordaba a mi padre, pero esa es otra historia.
Le encantaba decir mentiras sobre mí, ahí delante de todos. Decía que yo, sólo por ser solitario, de aspecto frágil y ser muy pulcro para vestir, ya era maricón. La verdad, sus juicios me importaban nada. Pero era tan insistente con esos detalles, que muchas veces me dio la impresión de que a él le atraían los hombres burdos, peludos de todo el cuerpo, robustos y cochinos en su higiene, eso interpretaba yo con su desprecio a mi apariencia. Estoy seguro que ahora mismo está llorando de miedo, abrazado a su esposa, la gorda maltratada y cornuda. Que ambos imploran a dios por la vida de sus engendros. A veces él me recordaba a mi padre, pero esa es otra historia.
Sin
embargo el trabajo en sí no era malo, siempre me gustaron los números, además
ocupaba pagar renta, comer y darme uno que otro gusto, que eran pocos, comprar
libros, ir al cine o rentar una mesa el molliere. A ti te hubiera gustado ese lugar, tenía vista al parque central. Esas cosas me dieron un poco de tranquilidad por mucho tiempo, así ignoraba todo lo jodido. De cualquier
forma, mi única aspiración era decidir cuándo iba a quitarme la vida. Un
disparo en la sien, justo donde la migraña tiene su epicentro. La trepanación
más efectiva. Aunque me faltaba conseguir un arma. Quién lo diría, ahora aquí
hay una con un par de balas dentro del cilindro y la idea ya no me interesa. Lo que viene es más efectivo.
Sabes, dijeron que la gran
hecatombe iba a suceder y estaba a casi nada de acabar con todo, que era
inevitable. Podías ver que era muy cierto nada más por el rostro pálido y
desencajado de cada reportero. Me llamaron la atención sus últimas
indicaciones. Se limitaban a decir: no
salgan, estén con sus seres queridos,
oren y pidan por un milagro. Sabes, yo ni tengo seres queridos ni creo en los milagros.
Fui a mirar por la ventana de mi departamento. Un
cielo cubierto de neblina brillante, enceguecedor, columnas de humo a lo lejos,
olor a combustible, llantas o plásticos chamuscados. La luz aumentó de
intensidad cuando ya debía haber penumbras del atardecer. Afuera el caos dio comienzo.
Ruido de sirenas, tumultos, gritos y cláxones. Mis deseos por ver el mundo
derrumbarse se volvieron incomodidad con sólo contemplar ese escenario. La gente se
arremolinó afuera de los negocios. Entraron a la fuerza y cargaron con lo que
sus brazos podían abarcar. Allá por la avenida principal filas interminables de autos y gente a pie iban todos
hacia una misma dirección. A lo mejor querían alejarse del monstruo de concreto y
edificios hasta llegar a campo abierto. Era absurdo. De qué les servían ya todas esas
provisiones y cómo huir de lo inevitable. Luego te descubrí tras la ventana
del edificio vecino.
Nada
importaba, podía pasar cualquier cosa, lo que fuera y ya nada tenía
importancia. Entonces ¿por qué vine hasta aquí después de descubrirte? Aún no lo sé, había algo en tu forma de mirar. Te vi
desconcertada ¿sabes? Sola, desolada. No sé cómo adivine tus intenciones. De
pronto estaba poniendo a prueba mi resistencia en la calle. Veme, no soy del
tipo el más fuerte sobrevive. Aún
así salí con los rayos de luz quemándome la piel. Ve, ni siquiera el grosor
de las mantas que me eché encima me protegieron.
Cuando escuché la noticia sí lo festejé en silencio. Y ahora no sé por qué
siento esta melancolía. Afuera vi a un perro retorcerse del dolor, girar en
círculos y después caer a mis pies, sus ojos no sólo me miraron, más bien me
acusaron, cómo si me dieran a entender que nunca hice nada por alguien, ni
siquiera por mí mismo. Y que sabía que no lo ayudaría a él tampoco, que esa siempre
ha sido mi naturaleza, dejar que las cosas nada más se mueran tras mi paso
indiferente. Entonces me apresuré, corrí hasta aquí, hacia ti.
Antes de salir, dudé mucho, ya me había hecho a la idea de morir solo,
contemplando por mi ventana la gran ola de fuego, verla arrasar muros, torres
de lujo, autos deportivos, el edificio donde trabajo y finalmente mi aburrida
existencia. Iba a ser algo glorioso. Pero tú me hiciste dudar entre
salir a buscarte o quedarme allá. No te voy a mentir, tuve miedo y éste aumentó
al escuchar los lamentos en puertas vecinas, los disparos secos. El gemido
final de las vidas negadas a presenciar la caída. Luego el silencio
absoluto. Si hubiera salido antes del
apagón habría bajado por el elevador y
no por las escaleras. Calcular en qué habitación estabas fue fácil, lo
difícil fue derribar tu puerta. De haberlo previsto salgo de inmediato, sin
pensármela tanto.
¿Por
qué no esperaste un poquito más? Estaba a unos metros de tu departamento cuando
escuché el disparo. Mira, me disloqué el hombro a causa de los empujones. Es
curioso que eligieras el pecho. Como te dije, en mi caso yo habría escogido la
sien porque ahí es donde comienza mi dolor. Por lo menos alcancé a contemplar
un instante tu existencia, descifrar en tus ojos el significado de todo esto,
saber qué es la sincronía con alguien más. Espero no te moleste que te haya
estado abrazando, el acariciar tu rostro mientras te platico y que esté
todavía más cerca de ti, es que, el fin se está acercando, ya lo escucho y lo
siento venir. El halo de su aliento empaña los vidrios. Si me sintieras
temblar sabrías que me muero del miedo. No imagino cómo sería si estuviera solo.
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