martes, 27 de octubre de 2015

La nada es el comienzo...



Las llamas cubren el convertible, adentro se queman las pertenencias de M, las observa enroscarse como gusanos sobre las brasas. Su cabello encanecido revolotea con el viento, tira el saco y la corbata sobre el fuego. La columna de humo asciende y se pierde en el cielo gris. Al fondo se desparrama el desierto y al frente el mar. Los dos horizontes de nada. Hasta donde abarca la vista, todo es llanura, todo es desolación. En la orilla  se encuentra su pequeña carpa, entre esa vastedad de azul y dorado.  

Llega la noche, en la fogata pende  la hoya de café entre dos leños, el aroma le mece los recuerdos.  Atiza con billetes y fotografías viejas. Con las fotos va reviviendo momentos que luego calcina en la hoguera. Las olas azotan con calma, el tintineo de los grillos, el crepitar de las brasas. Finaliza el día convirtiendo todo en cenizas.

Durante la noche deja abierta la casa de campaña, desde donde está recostado se asoma la luna rodeada de nubes,  el agua refleja la luz como si emergiera desde las profundidades. Se pone de pie y sale a caminar. La camioneta todavía está humeante, el desierto azul y lleno de sombras. En su pensamiento aún arden dos o tres episodios de su vida, pero ya sin resentimiento, ya no duelen. A lo lejos dos figuras surcan por la orilla de la playa; la luna los define nítidos. Es una coyota con su cría, caminan sin prisa y sin advertir peligro, hasta que se pierden de vista.   

La madrugada arroja sus primeros destellos de luz opaca, las estrellas comienzan a perder su brillo y el viento golpea su refugio de nylon. Mientras M infla su balsa surge el amanecer pintando las nubes de magenta. En una bolsa de plástico echa el termo de café y su libreta de notas. Arrisca las mangas de su camisa y dobla sus pantalones. Se adentra en el agua arrastrando la balsa. Los zapatos y la carpa los abandona a la orilla como testigos de su despedida.

Va metiéndose con el sube y baja de las olas, remando hasta mar adentro. La orilla desaparece, el sonido del viento y el chapoteo de la balsa en el agua es lo único que se escucha. Alrededor todo es neblina. Contempla por largo rato ese limbo blanco que lo abstrae de sus pensamientos, como si el vacío inundara cada imagen desagradable hasta hacerla desaparecer. 

El sonido de un motor que se acerca lo saca de su trance. Aparece un bote abriéndose paso entre la niebla. Lleva dos siluetas a bordo, vienen justo hacia él. Es un anciano robusto y calvo, viste de spandex y lleva a un niño envuelto con impermeable y chaleco salvavidas.  Es evidente que el pequeño tiene Síndrome de Down. Eleva el rostro al cielo y sonríe con el viento en su cara, lo festeja con las manos alzadas, se alegra aún más cuando ve a M, como si éste le fuera conocido.

El anciano apaga el motor, tiende la mano a M y se presenta. El muchacho se entrevera entre sus brazos y extiende también su mano regordeta. Soy Pablito, soy Pablito, repite varias veces y se palmea el pecho. M responde el saludo, el anciano lo mira con curiosidad, luego echa un vistazo a su balsa. Tenga cuidado, más adentro el mar se vuelve impredecible. M asiente con la cabeza. Bueno, nosotros iremos un poco más hacia la orilla, a ver si tenemos suerte, muestra una caña de pescar.  Atraparé un pez grande para mi abuela, interrumpe el niño. El anciano lo mira, luego sonríe, a él le encanta este lugar, dice y luego se despide. Enciende el bote y da marcha hasta que son un punto casi indefinible. Pablito no deja de extender la mano en un adiós que ondea de lado a lado. 

M se aleja un poco más sin perder de vista la pequeña silueta del bote. Aún se escucha la voz chillona de Pablito que ríe, grita y festeja a cada momento. M siente que la piel se le encoge, un vacío que cuela el aire helado a sus pulmones y ganas de llorar, por primera vez en mucho tiempo hay una urgencia incesante por abrazar a alguien, por asirse de algo. 

El cielo se despeja y un azul claro e intenso lo cubre y acaricia con su calor. De nuevo suena a lo lejos la risa de Pablito, luego un chapoteo. M aguza la mirada y hace sombra sobre sus ojos con la mano, ve la calva del anciano emerger del agua, luego estirar el cuerpo y trepar de nuevo al bote, mientras el niño ríe a carcajadas. M vuelve a remar hacia adelante hasta quedar rodeado nada más por nubes.

De nuevo en soledad trata de escribir una nota en su cuaderno, pero las palabras se niegan a salir. Será mejor mañana, hoy no voy a poder, se convence después de varios minutos de sentir que flota en la nada. 

Comienza el retorno de forma lenta, dudando. El bote del abuelo continúa varado donde mismo, la figura de Pablito se ve abordo, pero el anciano no está por ningún lado. A medida que se acerca lo comprueba, sólo está el niño que sostiene la caña de pescar entre sus manos. ¿Dónde está tu abuelo? pregunta M. Pablito punta hacia el fondo del océano y no deja de sonreír. Me va a traer un tesoro. M trata de recordar si cuando saludó al viejo éste llevaba consigo equipo de buceo. Imagina que así debió ser por el traje que vestía. Ata su balsa al bote y espera a que salga. Mientras, él y Pablito se miran uno al otro. Sonríen. 

Pasan los minutos, el sol pega de frente, es un día templado y apacible. Un río de gaviotas surca el cielo y el niño apunta emocionado y aplaude.

Media hora y el anciano no emerge, M comienza a inquietarse. La calma en el niño le indica que podría ser cosa normal. Pero al mismo tiempo le perturba que no pregunte por su abuelo, piensa que si fuera él y tuviera su edad ya estaría aterrorizado. La incertidumbre termina por ganarle. Pablito, espérame aquí ¿sí? dice y desciende de la balsa. Se zambulle.

Sale una y otra vez a tomar aire. 

Al séptimo intento ya está fatigado y abandona la búsqueda.

 No puede encontrarlo. El mar se lo tragó, es la frase que retumba en su cabeza. El niño es ajeno a lo que pasa. Ya toma un refresco de la hielera, ya se pone frente al timón y hace trompetillas como si nada raro estuviera ocurriendo. M sube al bote. El niño lo mira divertido y presume un pequeño crustáceo de carnada. Su cara está muy enrojecida por el sol y el viento le bate el cabello. Se sienta al lado de M y lo mira curioso con la boca abierta. M espera una pregunta, que lo cuestione por el paradero de su abuelo, pero Pablito no pregunta nada, sólo sonríe con una inocencia que le trepana el pecho. 

Más de una hora, ya no hay nada que esperar. Se pregunta cómo hará para volver a la orilla sin que el niño crea que abandonan a su abuelo. 

Dos horas pasan y el atardecer pinta el cielo como una explosión estática. En el horizonte brota un chorro de agua. Una ballena jorobada saca todo su cuerpo al viento en un salto majestuoso, el estruendo al caer eriza la piel de M y Pablito da brincos de emoción.



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