En
menos de dos horas después de haber sido descubierta y una vez que el sacerdote
dio su visto bueno de aparición milagrosa,
ya tenía docenas de veladoras y ramos de flores rodeándola.
Yo
vine por curiosidad a observarla, a constatar que se tratara de otra pareidolia colectiva más y también a
reírme de la ingenuidad de los creyentes.
Pero
lo que vi fue algo inesperado, frente a mí estaba: el cordero sagrado —así le llamaron después— el cual tenía en
el lomo, la figura perfectamente
detallada de la mismísima Santa Muerte. En ese instante descubrí que los fieles no
eran el típico rebaño de los domingos por la mañana, ahí había personajes muy
raros, en actitudes aún más. Con los ojos vidriosos, arrodillados y alzando las
manos al cielo.
Después
de estar formado algunos minutos en una fila improvisada y cuando llegó mi
turno, me acerqué lo más que pude al cuerpo del animal recién parido, tratando
de encontrar el truco de lo que a simple vista parecía, un bien logrado efecto
visual, sólo para darme cuenta que su pelo emitía destellos plateados y la piel
hacía surcos y relieves, dando a la imagen un efecto tridimensional. Un hombre
calvo y robusto interrumpió mi análisis mental y me apuró a salir de la fila.
Volteé
hacia un costado y vi a Humberto, un vecino y paciente regular en mi
consultorio, guadalupano de fuerte
convicción, como la mayoría en el pueblo; él estaba separado de la masa de
gente, me le acerqué de forma discreta y lo saludé, enseguida me preguntó, casi
susurrando, qué pensaba acerca del suceso y antes de que le respondiera se apresuró a contestar que a él le parecía
una manifestación diabólica, que eso no era más que el resultado de la
decadencia y el pecado que últimamente
se vivían en el pueblo, luego disminuyó más su voz y se me arrimó cubriéndose
la boca, para decirme que no entendía
de dónde salieron esos adoradores de Satanás que reverenciaban con tanta
efusión a la imagen, una prueba más de
lo enfermo y falto de valores que se había vuelto todo.
Sé que
esto es una farsa y creo que ya descubrí el truco, lo interrumpí y al verle
la cara de curiosidad le expliqué mi teoría. Consistía en la posibilidad de que
la piel tatuada del cordero estuviera sobrepuesta, pegada de algún modo.
Humberto,
en un acto impulsivo se abalanzó hacia el cordero, lo alzó del pellejo, por
donde estaba la figura y lo zarandeó de manera brusca. Sonaron berridos de
dolor pero nada se le desprendió. La multitud como si de una llamarada se
tratara se convirtió en una turba rabiosa; el calvo robusto se abrió paso a
empujones y lanzó patadas que eran
esquivadas instintivamente por Humberto, quién entre tropiezos y largas zancadas
de pierna salió huyendo del lugar.
Mientras
los fieles estaban distraídos, aproveché para tomar al cordero entre mis brazos
con el pretexto de calmarle el dolor, lo sostuve como a un bebé y le sobé el
lomo lentamente, tratando al mismo tiempo, de sentir un borde sospechoso,
alguna textura distinta en el área donde se encontraba la figura, pero nada, al
contrario, los surcos y relieves se sentían como verdadera piel, tenían una
temperatura cálida. Y lo más extraño fue el calor que emanaba y subía como una casi imperceptible corriente
eléctrica por mi mano.
Me
invadió una sensación de bienestar general, quedé en trance unos segundos hasta
que de nuevo, el hombre calvo demandó dejar el animal en su pedestal, lo hice,
pero con un sentimiento distinto a cuando lo tomé, como quién coloca un objeto
sagrado en su santuario, reverenciando el símbolo que representa.
La adoración de los fieles a la aparición continuó, no sé cuanto más ese
día, pero yo regresé a casa. Esa noche me acosté intranquilo, con un enjambre
de pensamientos.
Estaba
tumbado boca arriba en la azotea, al aire libre, con el cielo lleno de
estrellas ante mí. Una de ellas fue creciendo en tamaño y resplandor, luego,
unas luces multicolor con destellos eléctricos danzaron su alrededor, como una
corona gigante. Una luz blanca más fuerte brotó de su centro al abrirse una puerta
y se proyectó hacia mí, de ésta salió una figura pequeña, que suspendida en el
aire, fue bajando poco a poco. La luz se hizo más tenue. La figura se detuvo cerca
de mí y pude ver bien que se trataba de la virgen de Guadalupe o al menos eso
parecía por sus atavíos. Mis ojos, como si tuvieran la capacidad de
desprenderse de sus cuencas, se dirigieron hacia cada uno de sus detalles anatómicos
y de vestimenta, sus manos pequeñas y finas irradiaban como aluminio; su manto
tenía estrellas reales que prendían y apagaban sobre una tela de un verde
cósmico, porque no era un sólo tono, tenía profundidad, nebulosas y múltiples capas
ondulantes. En su vestido rosa o magenta o púrpura, con bordados de oro, se
traslucía su cuerpo desnudo. Bajo sus pies aleteaban dos querubines con cara
desollada, sonrientes, no podían evitarlo. Y sobre los hombros de la virgen no
había cabeza femenina, entre la capucha de su manto… ¡estaba el rostro de un cordero!
Desperté
agitado y con mi mano derecha entumida abrí y cerré las falanges, la sentí
rara, como si no me perteneciera, encendí la luz. Qué carajo, dije casi en voz alta, pues hasta ese momento en esa
mano existía la cicatriz de una muy grave quemadura que tuve en mi niñez. Había
desaparecido. Aparte podía ver perfectamente y no traía puestos mis anteojos.
Al
amanecer me dirigí de nuevo al lugar de adoración y varios metros antes de llegar
escuché los gritos de ¡Milagro! ¡Estoy
curado! Oh, bendito cordero, hijo de nuestra madre santa, la muerte. Y la
gente eufórica interceptándome en el camino, diciendo en qué manera había sido
sanada. Ya casi todo mundo había
comprobado lo mismo que yo esa mañana.
Alejado
de aquella muchedumbre que se arremolinaba sobre el pedestal, tratando de pasar
desapercibido estaba Humberto, que apenas me descubrió fue hacia mí con cara
entre angustia y confusión, sin decirme una palabra se desabotonó la camisa. Sus
palabras salieron titubeantes. Doctor,
dígame, por favor explíqueme, cómo es esto posible, negué con la cabeza, pero
sabía bien a qué se refería. Humberto había sido operado de una cardiopatía
hacía más de un año, yo realicé la cirugía. Y en ese día, el día después de que
levantó con sus manos al cordero, ya no existía cicatriz en su pecho que diera
testimonio de esa intervención. Humberto se alejó murmurando para sí mismo como
un demente.
Pasaron
días después del nacimiento y miles llegaban diariamente para presenciar el
milagro y ser sanados. Los ciegos recuperaban la vista; a los tullidos les
volvían a crecer las extremidades y los enfermos terminales recuperaban el
tiempo que carecían de vida con nueva y mejor salud.
Muchos
guadalupanos se convirtieron a la
nueva Iglesia del Sagrado Cordero, Hijo
de la Santa Muerte, yo por mi parte, a pesar de mi aparente milagro
o de mi sanación espontánea, no lo aceptaba, mi razón no lo podía permitir. Aparte
ya nadie venía a consulta ¿de qué servía un médico en el pueblo? Pero lo que seguía perturbándome eran
los constantes sueños con la virgen cara de cordero, a veces sólo se
presentaba, otras me hablaba y decía: muéstrales.
Pronto
terminé por entenderlo, por más que me resistía a los designios que me
señalaban. Había un símbolo de fe, pero no había profeta, ningún guía que
explicara la razón de ser del cordero. Yo era ese profeta, por lo menos eso se
me pretendía atribuir con tantas señales
místicas, pero ¿cuál era la razón de
ser del cordero? Unos decían que
había venido únicamente a sanar a todos los hombres del mundo. Al ser curados podían vivir la vida eterna y ésta era la tierra prometida, el paraíso. Otros como los guadalupanos
que se negaban a aceptar el nuevo símbolo, veían en el cordero al anticristo,
que sólo había traído caos, pues los fieles vivían sin temor a las
consecuencias de sus actos, con unos excesos que rayaban en peligro mortal para
sí mismos y los demás. Al fin y al cabo cualquier repercusión en su salud, por
más grave que fuera, sólo bastaba posar sus manos en el cuerpo del animal, para
tener una recuperación completa e incluso renovada. No tardó mucho tiempo en
que los apoderados del cordero, dueños desde un principio, comenzaran a pedir
cuotas simbólicas que cada vez se
hacían más altas, pues hasta el gobierno municipal demandaba una tajada. Pero
el mayor problema vino después, cuando limitaron también el horario de visitas. De un día para otro habían
privatizado los milagros. Para ese entonces, ya tenían un santuario con un pasillo
largo y líneas de circulación. Más de un centenar de hombres de seguridad para
el orden, cobro de cuotas y protección de su símbolo de fe. La gente
enloqueció, pedían además sanación sin necesitarla. Había algo en ello que los
volvió adictos; se dieron cuenta de que no sólo eran curados, también eran cargados
de una vitalidad que los rejuvenecía. Por
otro lado, los asaltos, secuestros y asesinatos se volvieron algo común, pues
quedaba claro que sin dinero, no había
milagro. Fue entonces cuando vi mi oportunidad. El profeta era más
necesario que nunca. Mi estrategia para conseguir adeptos fue simple: sólo tuve
que aparecer a las puertas de la nueva iglesia entre los marginados, elevar mi
voz y hablarles de la buena nueva, la cual consistía en liberar al cordero, así me lo había ordenado su madre en varias
visiones. Que la sanación sea para todos,
que no haya imposiciones, ni privilegios, pero sobre todo, que sea primero para el que más la
necesita. Para los pobres, para los viejos, para los niños. Para las
enfermedades verdaderas, las más graves, aquellas que no tienen cura.
En
menos de dos meses con Humberto como mi discípulo, quién hacía eco de todo lo
que decía, junté una cantidad de seguidores enorme, lo suficiente como para
derribar los muros del santuario que albergaban al cordero. Les dije que eran muros
que lo tenían secuestrado, que nos pertenecía,
pues éramos nosotros quiénes poseíamos la verdad justa. La imagen grabada en su
lomo efectivamente era de la muerte, pero no de la santa, no la de ellos, esa imagen pagana. Ese símbolo era uno con
el animal, era Jesús venciendo a la
muerte, la segunda venida, la reencarnación del cordero de Dios.
Con
esos preceptos les di ánimo y después de días de estrategia, de lucha y muchos
muertos, vencimos a los guardias, ingresamos al templo hasta llegar al pedestal.
Mis seguidores se inclinaron ante su salvador salvado, había un ambiente
de esperanza, de fe. Hice lo mismo, me postré de rodillas, muy cerca del Gran redentor. Cuando todos meditaban
con el rostro hacia el piso levanté la mirada y lo acuchillé por la espalda,
varias veces, tantas como pude. Atrás de mí todos debieron estar en shock, pues nadie me detuvo, sólo hasta
que fueron conscientes de lo que hice.
Ahora,
amarrado en este poste y con la leña bajo mis pies, viendo vociferar al
sacerdote verdugo, el mismo que vi cuando todo comenzó, puedo asegurar que la
razón no prevalecerá, pero por lo menos moriré sabiendo que el fanatismo y la superstición nunca me invadieron del todo.
Me parece un cuento excepcional. En la segunda lectura se aprecian detalles que enriquecen el texto. Te felicito. Un abrazo.
ResponderEliminarAgustín, muchas gracias. El taller ha sido un gran motor para mí, gracias también por eso. Saludos.
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