jueves, 11 de junio de 2015

Redención


En menos de dos horas después de haber sido descubierta y una vez que el sacerdote dio su visto bueno de aparición milagrosa, ya tenía docenas de veladoras y ramos de flores rodeándola.
Yo vine por curiosidad a observarla, a constatar que se tratara de otra pareidolia colectiva más y también a reírme de la ingenuidad de los creyentes.
Pero lo que vi fue algo inesperado, frente a mí estaba: el cordero sagrado —así le llamaron después— el cual tenía en el  lomo, la figura perfectamente detallada de la mismísima Santa Muerte.  En ese instante descubrí que los fieles no eran el típico rebaño de los domingos por la mañana, ahí había personajes muy raros, en actitudes aún más. Con los ojos vidriosos, arrodillados y alzando las manos al cielo.
Después de estar formado algunos minutos en una fila improvisada y cuando llegó mi turno, me acerqué lo más que pude al cuerpo del animal recién parido, tratando de encontrar el truco de lo que a simple vista parecía, un bien logrado efecto visual, sólo para darme cuenta que su pelo emitía destellos plateados y la piel hacía surcos y relieves, dando a la imagen un efecto tridimensional. Un hombre calvo y robusto interrumpió mi análisis mental y me apuró a salir de la fila.
Volteé hacia un costado y vi a Humberto, un vecino y paciente regular en mi consultorio, guadalupano de fuerte convicción, como la mayoría en el pueblo; él estaba separado de la masa de gente, me le acerqué de forma discreta y lo saludé, enseguida me preguntó, casi susurrando, qué pensaba acerca del suceso y antes de que le respondiera  se apresuró a contestar que a él le parecía una manifestación diabólica, que eso no era más que el resultado de la decadencia  y el pecado que últimamente se vivían en el pueblo, luego disminuyó más su voz y se me arrimó cubriéndose la boca, para decirme que no entendía de dónde salieron esos adoradores de Satanás que reverenciaban con tanta efusión a la imagen,  una prueba más de lo enfermo y falto de valores que se había vuelto todo.
 Sé que esto es una farsa y creo que ya descubrí el truco, lo interrumpí y al verle la cara de curiosidad le expliqué mi teoría. Consistía en la posibilidad de que la piel tatuada del cordero estuviera sobrepuesta, pegada de algún modo. 
Humberto, en un acto impulsivo se abalanzó hacia el cordero, lo alzó del pellejo, por donde estaba la figura y lo zarandeó de manera brusca. Sonaron berridos de dolor pero nada se le desprendió. La multitud como si de una llamarada se tratara se convirtió en una turba rabiosa; el calvo robusto se abrió paso a empujones y lanzó patadas  que eran esquivadas instintivamente por Humberto, quién entre tropiezos y largas zancadas de pierna salió huyendo del lugar. 
Mientras los fieles estaban distraídos, aproveché para tomar al cordero entre mis brazos con el pretexto de calmarle el dolor, lo sostuve como a un bebé y le sobé el lomo lentamente, tratando al mismo tiempo, de sentir un borde sospechoso, alguna textura distinta en el área donde se encontraba la figura, pero nada, al contrario, los surcos y relieves se sentían como verdadera piel, tenían una temperatura cálida. Y lo más extraño fue el calor que emanaba  y subía como una casi imperceptible corriente eléctrica por mi mano.
Me invadió una sensación de bienestar general, quedé en trance unos segundos hasta que de nuevo, el hombre calvo demandó dejar el animal en su pedestal, lo hice, pero con un sentimiento distinto a cuando lo tomé, como quién coloca un objeto sagrado en su santuario, reverenciando el símbolo que representa.
 La adoración de los fieles a la aparición continuó, no sé cuanto más ese día, pero yo regresé a casa. Esa noche me acosté intranquilo, con un enjambre de pensamientos.
Estaba tumbado boca arriba en la azotea, al aire libre, con el cielo lleno de estrellas ante mí. Una de ellas fue creciendo en tamaño y resplandor, luego, unas luces multicolor con destellos eléctricos danzaron su alrededor, como una corona gigante. Una luz blanca más fuerte brotó de su centro al abrirse una puerta y se proyectó hacia mí, de ésta salió una figura pequeña, que suspendida en el aire, fue bajando poco a poco. La luz se hizo más tenue. La figura se detuvo cerca de mí y pude ver bien que se trataba de la virgen de Guadalupe o al menos eso parecía por sus atavíos. Mis ojos, como si tuvieran la capacidad de desprenderse de sus cuencas, se dirigieron hacia cada uno de sus detalles anatómicos y de vestimenta, sus manos pequeñas y finas irradiaban como aluminio; su manto tenía estrellas reales que prendían y apagaban sobre una tela de un verde cósmico, porque no era un sólo tono, tenía profundidad, nebulosas y múltiples capas ondulantes. En su vestido rosa o magenta o púrpura, con bordados de oro, se traslucía su cuerpo desnudo. Bajo sus pies aleteaban dos querubines con cara desollada, sonrientes, no podían evitarlo. Y sobre los hombros de la virgen no había cabeza femenina, entre la capucha de su manto… ¡estaba el rostro de un cordero!
Desperté agitado y con mi mano derecha entumida abrí y cerré las falanges, la sentí rara, como si no me perteneciera, encendí la luz. Qué carajo, dije casi en voz alta, pues hasta ese momento en esa mano existía la cicatriz de una muy grave quemadura que tuve en mi niñez. Había desaparecido. Aparte podía ver perfectamente y no traía puestos mis anteojos.
Al amanecer me dirigí de nuevo al lugar de adoración y varios metros antes de llegar escuché los gritos de ¡Milagro! ¡Estoy curado! Oh, bendito cordero, hijo de nuestra madre santa, la muerte. Y la gente eufórica interceptándome en el camino, diciendo en qué manera había sido sanada.  Ya casi todo mundo había comprobado lo mismo que yo esa mañana. 
Alejado de aquella muchedumbre que se arremolinaba sobre el pedestal, tratando de pasar desapercibido estaba Humberto, que apenas me descubrió fue hacia mí con cara entre angustia y confusión, sin decirme una palabra se desabotonó la camisa. Sus palabras salieron titubeantes. Doctor, dígame, por favor explíqueme, cómo es esto posible, negué con la cabeza, pero sabía bien a qué se refería. Humberto había sido operado de una cardiopatía hacía más de un año, yo realicé la cirugía. Y en ese día, el día después de que levantó con sus manos al cordero, ya no existía cicatriz en su pecho que diera testimonio de esa intervención. Humberto se alejó murmurando para sí mismo como un demente.
Pasaron días después del nacimiento y miles llegaban diariamente para presenciar el milagro y ser sanados. Los ciegos recuperaban la vista; a los tullidos les volvían a crecer las extremidades y los enfermos terminales recuperaban el tiempo que carecían de vida con nueva y mejor salud.
Muchos guadalupanos se convirtieron a la nueva Iglesia del Sagrado Cordero, Hijo de la Santa Muerte, yo por mi parte, a pesar de mi  aparente milagro o de mi sanación espontánea, no lo aceptaba, mi razón no lo podía permitir. Aparte ya nadie venía a consulta ¿de qué servía un médico en el pueblo? Pero lo que seguía perturbándome eran los constantes sueños con la virgen cara de cordero, a veces sólo se presentaba, otras me hablaba y decía: muéstrales.
Pronto terminé por entenderlo, por más que me resistía a los designios que me señalaban. Había un símbolo de fe, pero no había profeta, ningún guía que explicara la razón de ser del cordero. Yo era ese profeta, por lo menos eso se me pretendía atribuir con tantas señales místicas, pero ¿cuál era la razón de ser del cordero?  Unos decían que había venido únicamente a sanar a todos los hombres del mundo. Al ser curados  podían vivir la vida eterna y ésta era  la tierra prometida, el paraíso. Otros como los guadalupanos que se negaban a aceptar el nuevo símbolo, veían en el cordero al anticristo, que sólo había traído caos, pues los fieles vivían sin temor a las consecuencias de sus actos, con unos excesos que rayaban en peligro mortal para sí mismos y los demás. Al fin y al cabo cualquier repercusión en su salud, por más grave que fuera, sólo bastaba posar sus manos en el cuerpo del animal, para tener una recuperación completa e incluso renovada. No tardó mucho tiempo en que los apoderados del cordero, dueños desde un principio, comenzaran a pedir cuotas simbólicas que cada vez se hacían más altas, pues hasta el gobierno municipal demandaba una tajada. Pero el mayor problema vino después, cuando limitaron también  el horario de visitas. De un día para otro habían privatizado los milagros. Para ese entonces, ya tenían un santuario con un pasillo largo y líneas de circulación. Más de un centenar de hombres de seguridad para el orden, cobro de cuotas y protección de su símbolo de fe.  La gente enloqueció, pedían además sanación sin necesitarla. Había algo en ello que los volvió adictos; se dieron cuenta de que no sólo eran curados, también eran cargados de una vitalidad  que los rejuvenecía. Por otro lado, los asaltos, secuestros y asesinatos se volvieron algo común, pues quedaba claro que sin dinero, no había milagro. Fue entonces cuando vi mi oportunidad. El profeta era más necesario que nunca. Mi estrategia para conseguir adeptos fue simple: sólo tuve que aparecer a las puertas de la nueva iglesia entre los marginados, elevar mi voz y hablarles de la buena nueva, la cual consistía en liberar al cordero, así me lo había ordenado su madre en varias visiones. Que la sanación sea para todos, que no haya imposiciones, ni privilegios, pero sobre todo, que sea primero para el que más la necesita. Para los pobres, para los viejos, para los niños. Para las enfermedades verdaderas, las más graves, aquellas que no tienen cura.
En menos de dos meses con Humberto como mi discípulo, quién hacía eco de todo lo que decía, junté una cantidad de seguidores enorme, lo suficiente como para derribar los muros del santuario que albergaban al cordero. Les dije que eran muros que lo tenían secuestrado,  que nos pertenecía, pues éramos nosotros quiénes poseíamos la verdad justa. La imagen grabada en su lomo efectivamente era de la muerte, pero no de la santa, no la de ellos, esa imagen pagana. Ese símbolo era uno con el animal, era Jesús venciendo a la muerte, la segunda venida, la reencarnación del cordero de Dios.
Con esos preceptos les di ánimo y después de días de estrategia, de lucha y muchos muertos, vencimos a los guardias, ingresamos al templo hasta llegar al pedestal. Mis seguidores  se inclinaron ante su salvador salvado, había un ambiente de esperanza, de fe. Hice lo mismo, me postré de rodillas, muy cerca del Gran redentor. Cuando todos meditaban con el rostro hacia el piso levanté la mirada y lo acuchillé por la espalda, varias veces, tantas como pude. Atrás de mí todos debieron estar en shock, pues nadie me detuvo, sólo hasta que fueron conscientes de lo que hice.
Ahora, amarrado en este poste y con la leña bajo mis pies, viendo vociferar al sacerdote verdugo, el mismo que vi cuando todo comenzó, puedo asegurar que la razón no prevalecerá, pero por lo menos moriré sabiendo que el fanatismo y  la superstición  nunca me invadieron del todo.



2 comentarios:

  1. Me parece un cuento excepcional. En la segunda lectura se aprecian detalles que enriquecen el texto. Te felicito. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Agustín, muchas gracias. El taller ha sido un gran motor para mí, gracias también por eso. Saludos.

    ResponderEliminar